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lunes, 24 de junio de 2013

Vocación

Hoy, esta entrada es para todos aquellos profesores y maestros que, con humildad, enseñan a sus alumnos. No para aquellos que anteponen sus egos para dominar los miedos de éstos. (Así no se aprende.)

 Para los que conocen el potencial ilimitado de los niños y adolescentes.  No para los que lo limitan, con la excusa de "todavía no tienen edad para entender..." ( Poco conocen el mecanismo de una esponja.)

Para aquellos cuyo concepto de clase ideal es aquella formada por diferentes personalidades, caracteres e inteligencias. No para los que las clases ideales son aquellas en las que no se oye una mosca y cuando un alumno es más movido que la media general, ya molesta.  (Se pierden conocer a seres maravillosos cuya diferencia es garantía de riqueza en el aula.)

Para aquellos que hacen pensar a sus alumnos con multitud de actividades diferentes en lo que dura una clase.  No para los que ponen tantos ejercicios que parece que saquen comisión de la editorial.  (¿No se aburren tanto como sus estudiantes?)

Para aquellos que son capaces de ver a los alumnos invisibles, a esos que ya están etiquetados, que son inquietos o que les cuesta entender la materia.  No para los que sólo ven a los que ellos quieren ver.  (¿Necesitan gafas de visión educativa?)

Para aquellos que escogieron esta profesión convencidos de la importancia de su trabajo. No para aquellos  que son profesores o maestros porque no saben hacer otra cosa.  (Y ni esa la hacen bien.)

En definitiva, para aquellos maestros y profesores que dejan huella en sus alumnos, con sus palabras y sus silencios.

jueves, 6 de junio de 2013

Hablando en plata

 De la misma forma que se dice motu proprio y no motu propio, dejemos de lado las cocretas, las almóndigas, la tortículis, el esparatrapo y la bayonesa y hablemos bien.  No sólo porque al querer parecer pijos lingüísticos el efecto es totalmente el contrario:  parecer descendientes directos (sin intermediarios) del mono, sino porque podemos dar la impresión a nuestros interlocutores de tener el don de hablar lenguas muertas que nadie entiende, cual posesión diabólica. Sin olvidarnos de que hablar bien es gratis. Y tal y como está el patio, no deja de ser un plus. ¡Ay, la lengua española... Esa gran desconocida!